
Dentro de todas las actividades, dinámicas y trabajos manuales que realizamos, algo particular que personalmente me marcó y que agradezco haber vivido fue conocer a Brus, un niño de 9 años que quería que le enseñase a hacer animales en origami. Mientras conversaba con él me percaté de que era ciego, y a pesar de que en el instante me conmovió un poco, trate de mantenerme sereno y replanteé lo que fue mi método de enseñanza. No podía recurrir a la visión, mas sí al oído y al tacto de Brus, quien tuvo más protagonismo en el armado de los origamis que cualquier otra persona que he enseñado antes, y esto por la necesidad que Brus tenía de estar en constante contacto con la hoja de papel, para entender cada pliego que se realizaba y no perder la forma que le estaba dando.
Al final de nuestra visita, habíamos realizado 3 origamis: Un pingüino, un t-rex y una mariposa.
En esta experiencia me vi en la necesidad de afrontar un desafío completamente nuevo, de adaptarme a él y de descubrir otros métodos de enseñanza, en este caso para hacer origamis empleando únicamente el tacto de un niño y la conversación que pudiera entablar con él. Pude apreciar nuevamente la importancia del trabajo en equipo, tanto en la cooperación entre Brus y yo para poder armar los origimis como con el grupo de compañeros con los que realizo esta visita y la comunicación que entablo con ellos constantemente para ayudarnos de forma mutua, ya que el haber conocido a Brus fue gracias a Naomi, quien me comentó acerca de él y acerca de sus ganas de aprender a hacer origami, y con esa premisa me llamó a mi para que hiciera ese trabajo. Fue una experiencia muy emotiva y emocionante, en la que reconocí el aspecto ético de mis decisiones y acciones, las cuales tuve que tomar y adaptar sobre la marcha para poder ayudar a Brus de la mejor manera.
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